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Trans, torta y válida

Desde peque me gustaron las pibas. Mi primera novia, a los 10 años, fue la chonga del barrio donde vivía, que era un año más grande, y la rompía jugando al fútbol con los pibes, y si alguno se desubicaba lo ponía en su lugar enseguida. Recuerdo que mis amigos me decían que tenia suerte de que ella  me tratara bien; pero no era tan difícil, simplemente no la bardiaba por elegir una pelota o porque jugaba mejor que los pibes, o cuando se corto el pelo cortito. Nos llevábamos bien y paseábamos siempre juntas en bici.  No me olvido más del día que se me acercó y me encajó un beso en frente de todxs. Fue mi primer chape, ella ya sabía que me gustaba y activó. Ahí empezamos a salir.

Para este mundo paki mis deseos entraban en la norma heterosexual, es decir, que me gustaran las pibas al ser socializada como una masculinidad. Entraba dentro de la norma heterosexual , yo era leída varón y me gustaban las pibas, todo ok para la lógica hetero cis. Desde peque me sentí atraída por feminidades, pero claro, a mi me criaron como varoncito simplemente por haber nacido con pene y nadie se alarmaba por mis elecciones.

¿Cómo podemos decidir en libertad si no nos muestran otras opciones de peques? ¿Cómo podemos elegir libremente, en cualquier momento de nuestra vida, si aun hay identidades invalidadas?

Compartiendo charlas con amigas y compañeras travas y trans me contaban que de chicas habían pensado durante mucho tiempo que eran varones gays porque a esa edad lo único visible a su alcance, igualmente demonizado y ridiculizado, eran putos y tortas. Se dieron cuenta que no eran gays al ver la primera trava en su vida, y ahí entendieron que sus sentimientos eran válidos y coincidían con los de otras personas, que no era solamente una cuestión de su sexualidad sino de su identidad y de su expresión.

A mí, en cambio, eso no me sucedió. No me gustaban los pibes, a diferencia de un montón de personas crecí enamorándome de pibas sin que nadie se sobresalte ni preocupe por eso. A lo sumo, a veces me cuestionaban mis deseos diciéndome que salga con pibas «más femeninas”, o no entendían porque no me gustaban pibas súper hegemónicas según los estándares capitalistas de belleza. Nada “tan violento”, nada mas allá de eso. Pero igualmente me molestaba, y ya de más grande, en los grupos donde me sentía más segura, empecé a nombrarme bisexual. Nunca me había vinculado con pibes pero sentía que algo de la lógica heterosexual en la que siempre me encasillaron no coincidía y fue lo único a mi alcance en ese momento que más o menos entendía que  iba conmigo. Entonces comencé a esforzarme en estar con pibes, lo que resultaba fácil en boliches y fiestas o contextos donde solo eran besos.

Ilustración: Mer Acosta
Ilustración: Merlina Acosta

Hace unos años comencé a explorar mi identidad, primero rompiendo algunos estereotipos del género masculino, luego incorporando de a poco cosas del género femenino (según las normas de esta sociedad) hasta que decidí ser Tania en todos los ámbitos de mi vida y no solo en casa, donde me probaba ropa me maquillaba y me pintaba las uñas, pero después me lo sacaba para ir a comprar al supermercado.

Me costó tanto sentirme validada como feminidad que incorporé todos los estereotipos que pude para poder construir mi identidad, y acá no sólo me refiero a las cuestiones visibles y estéticas, sino incluso a mis deseos. Sostuve mi supuesta bisexualidad a rajatabla. Mentí  y exageré experiencias con varones cis para sentirme validad como piba, sostuve ideas pakis y reproduje discursos heteronormados para que “no dudaran” de mi identidad.  No podía imaginarme siendo una piba trans sin salir con un chongo. Esa es la norma. Eso es lo que me tenía que gustar y me esforcé en chamullar y generar encuentros con chabones cis que nunca sucedieron porque encontraba otra cosa que hacer a último momento.

Cuando conocí a la primera transbiana en mi vida sentí lo mismo que mis amigas me contaban en sus historias sobre su identidad. No me olvido más de la primera torta trans que me voló la cabeza interviniendo en un taller para visibilizarse. En ese momento lo supe. Empecé a comprender y validar mis deseos  y, con el tiempo (y un poco de timidez), comencé a nombrarme torta. Ese día terminé de entender  lo importante que es ser visibles no solo para nosotrxs sino también para lxs demás. ¡La visibilidad también es lucha, la visibilidad también es orgullo!

La Pepa vive en nuestra lucha y también por eso nos visibilizamos este 7M, porque la encarnamos cada vez que nos miran raro, que nos violentan, cada vez que nos sacan una radiografía en el bondi, o que tenemos que desfilar bajo las miradas hetero cis patriarcales en la calle. Porque al igual que ella somos visibles. ¡Tortas y visibles! Lesbianas, chongas, tortas cis, transbianas, transbianes y todas aquellas identidades lésbicas que decidimos no tranzar con esta moral berreta. Somos visibles porque queremos, somos visibles porque decidimos ser libres con nuestros cuerpos y nuestros deseos.

Hace 10 años que la fusilaron a la pepa cuando le gritó a ese violento que le tirara si era macho. Y hoy, otra vez, gritamos que la pepa somos todxs, que la pepa vive en nuestra lucha. Porque  ponemos el cuerpo y nos enfrentamos a este mundo tan patriarcal, tan paki, y tan cisnormado. Porque nuestros besos, nuestros abrazos y nuestros deseos son más fuertes, porque somos un montón, y porque juntxs no nos van a parar.

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