rompiendo el pacto

Quizás no haya que deconstruir, quizás haya que destruirse. Rompiendo el pacto (Primera Parte)

Comencemos por el principio, el machismo es un sistema de valores que nos identifica como varones. La masculinidad machista se sustenta a través de la dominación de la mujer como construcción cultural de un tipo de género; la masculinidad machista no existiría sin su pasividad: la mujer como género.

Para esquematizar el análisis posterior es importante mencionar que en términos generales para el sistema patriarcal existe un sujeto activo: el varón, viril, fuerte e inteligente, blanco y propietario. Por otro lado, un sujeto pasivo: la mujer, tan linda como débil, pura y joven. Siempre debe ser deseable (salvo cuando está en su rol de madre). Lo que se conoce como estereotipo heteronormativo: varón cis (activo), mujer cis (pasiva). Es interesante comprenderlo de esta manera porque la dominación no siempre se da, netamente, entre varones y mujeres ni tampoco a través de las acciones sociales que conocemos comúnmente.

Cabe destacar que es una relación de poder, por ello, todo el andamiaje cultural está sustentado por esta premisa.

La dominación del varón hacia la mujer culturalmente se nos va construyendo desde muy pequeñes. Ordena no solamente nuestros pensamientos y deseos, sino también disciplina nuestros cuerpos. Tanto los varones como las mujeres desde muy chiques tenemos habilitados ciertos comportamientos que además son parte de nuestra identidad: roles asignados, formas de ser, juegos, vestimenta, colores, trabajos, etc.  

Entre tantas lecturas, me parece interesante remarcar la necesidad imperante del varón de hablar de la mujer en términos machistas (suponiendo una desigualdad implícita). Necesita decir que la mujer es débil para reafirmar que a él como viril, fuerte y superior. Imaginemos cualquier situación cotidiana donde el varón ejerce su dominación: ¿Qué ocurre cuando la mujer lo intenta frenar? En general la respuesta del varón es violenta porque siente que se pone en duda su masculinidad.   

Forma parte del lenguaje y se encuentra en todos los espacios donde hay dos o más varones: la calle, el fútbol, los asados, los boliches, la escuela, el trabajo, el bondi, grupos de whatsapp, etc.

Partiendo de esta base, es importante reflexionar sobre nuestras masculinidades a partir de nuestra experiencia. Por ejemplo: cuando de pibe te caes de la bicicleta y te dicen: “No llores, pareces mujer”, te están diciendo que la mujer puede llorar porque es débil (antecediendo que llorar es igual a debilidad). Cuando estás jugando al fútbol y te dan una patada, no te podés quejar, de lo contrario serás “una nena” o un “puto”. Nuevamente, la mujer como debilidad. Lo mismo sucede con el varón homosexual que también es visto como débil (ver próximo apartado).

Cuando un varón mira cualquier parte del cuerpo de la mujer y luego busca complicidad en otro varón, está queriendo mostrarse viril una vez más. Cuando un varón habla mal de su compañera (pareja, esposa, etc.) está queriendo decir que no está traicionando a sus pares, que no es un “pollerudo”. Dicho de otro modo, es un varón viril y fuerte. Un verdadero macho que no necesita de nadie y menos de una mujer (aunque desee todo lo contrario).

Cuando un varón dice un “piropo” (una de las tantas formas de violencia) está queriendo decir que es macho. Claro está que no es un método de seducción cómo piensa el común de la gente; menos aun cuando incluyen agravios, que no es más que estar preso de una cultura de la violación mencionando cuestiones relacionadas a las partes del cuerpo de la mujer “erotizadas” o “mercantilizadas” como la frase que popularizo Mauricio Macri: “qué lindo culo tenés”.

Todas estas caracterizaciones corresponden a la dimensión invisible del problema, son micro acciones cotidianas que, en última instancia, es la base neurálgica para re-pensar las masculinidades. Podríamos decir que todos estos comportamientos son la iniciación del “ritual patriarcal”. Es importante destacar que luego puede decantar en la violencia física o muerte de mujeres en manos de varones, esta última sería la dimensión visible, la más explícita. Ningún varón, al menos en lo discursivo, estaría de acuerdo. En cambio, los entramados invisibles son los más peligrosos; son los más difíciles de deconstruir porque continúan resistiendo en los espacios netamente de varones, por lo cual, por ahora “los varones en deconstrucción” somos meramente un discurso, un aggiornarse a la demanda del movimiento feminista pero también es un horizonte a construir, un sentido a disputar y debe ser hecho por nosotros rompiendo esos pactos, ese lenguaje, para interpelarnos. Incluso poder plantear en lo que no estamos de acuerdo. La dimensión invisible es la base para la reproducción del patriarcado donde ya no cabe la complicidad.

Diversidad sexual: traición al patriarca.

Toda disidencia en términos de elección sexual es considerada por el macho como traición, salvo que sea funcional a la lógica de opresión: dos mujeres dándose un beso o teniendo relaciones sexuales no es “peligroso” en términos de perder privilegios. En cambio, dos varones haciendo lo mismo, denotan debilidad, ya que, un varón jamás debería ser pasivo: es una traición al varón. Si bien estas postulaciones son dinámicas sirve para comprender por qué la cultura patriarcal oprime a los colectivos de disidencias sexuales (LGTBIQ+). Lo binario en términos de género está tan instituida que los imaginarios colectivos presentan fuertes resistencias a la aceptación de la diversidad sexual. Comprender y aceptar que hay diferentes maneras de experimentar la sexualidad es parte de la deconstrucción y reconstrucción como sujetos feministas.

Resistencias al patriarcado: ocho acciones concretas para empezar a construir nuevas subjetividades masculinas.

En el momento en que un varón comienza a sentirse como sujeto feminista (varón que le da lugar a las postulaciones del movimiento feminista con el fin de problematizar sus privilegios), asume una responsabilidad que se relaciona con cambiar paulatinamente todas aquellas actitudes que considera machistas. Esto en la medida de sus posibilidades ya que partimos de la base de que el patriarcado construyó instituciones fuertes y desarraigarlas implica tiempos de procesos individuales, pero también colectivos. Sin embargo, por algo hay que empezar. Es muy importante el rol de la mujer (aunque no su responsabilidad) para marcarnos cuales son las actitudes que se pueden considerar machistas; hay que escucharlas e intentar cambiarlas. Cabe destacar que el movimiento feminista no persigue la supremacía de la mujer cis, por lo contrario, lucha por la IGUALDAD.

1. Ser caballero: Paradigma viejo.

Como mencionaba anteriormente, hay micromachismos que no son considerados como tal, incluso, aún continúan siendo considerados gestos “amables”. Los ejemplos más claros se relacionan con el “ser caballero”, como dar el paso a una mujer para que suba al colectivo. Hay que dejar de hacerlo, sin importar que alguna mujer lo vea como un gesto poco solidario. Llevar las bolsas más pesadas o los objetos pesados, debe ser un trabajo en equipo. El no tener fuerza no es una cuestión de género. Pagar la cuenta de alguna salida, debe haber un equilibrio, cualquiera puede ser el criterio; si ambxs trabajan y pueden soportar los costos ¿por qué el varón debería hacerse cargo? Aquí nuevamente la idea del varón proveedor.

2.   No se enojen, es un chiste.

Cambiar, definitivamente, las metáforas machistas: “Dale, deja de llorar como una nena, no seas puto” ¿Cómo no vamos a poder llorar? Aquí construimos fuertes mecanismos de represión. Un ejemplo más de cómo el sistema patriarcal disciplina nuestros cuerpos a tal punto que bloquea emociones propias del ser humano.

Por otro lado, hay que ser contundente, cualquier chiste que naturalice la desigualdad de género no es ingenuo, es ser cómplice de la resistencia machista que deriva en muchas otras violencias. Es importante NO SER CÓMPLICE y explicar con argumentos, porque es importante desechar estos chistes de nuestra cotidianidad.

3.   Deber de cuidado y tareas no remunerativas.

Los roles asignados son fundamentales para visibilizar todas las tareas que recaen en la mujer: tener lista la cena, limpiar la casa, cuidar a les niñes, etc. El varón no “ayuda” a la mujer, ambos son responsables de forma equitativa. Hay que eliminar la idea de “naturalidad” en los roles del hogar ya que son construcciones culturales, por más que la mujer no realice tareas remunerativas, cuidar a les niñes es también trabajar. Es importante reflexionar sobre la idea de que si bien estas desigualdades en las tareas del hogar de a poco van emergiendo en el diálogo entre las parejas y familia, continúa siendo una carga mental para la mujer, sobre todo en la planificación de las tareas: cena, compras, arreglos en la casa, cuidado de niñes, etc (ver nota: https://www.filo.news/genero/Que-es-la-carga-mental-y-por-que-a-los-varones-no-les-conviene-hablar-de-eso-20200629-0050.html).

Basta de depender de la mujer para cocinar, esperar a que las mujeres levanten la mesa, laven los platos, sirvan el postre, etc.

4.   Responsabilidad afectiva.

En primer lugar, NO ES NO, acá y en la China. La insistencia y el acoso a través de mensajerías instantáneas es constante y es una de las tantas formas de violencia ejercida por el varón.

La idea del diálogo, consenso y cuidado de las emociones en las relaciones sexo-afectivas es lo que se conoce como “responsabilidad afectiva”. Si bien la responsabilidad es para todes los que componen tal o cual relación, siempre el varón tiene una cuota más de responsabilidad por el hecho de que tiene habilitado históricamente relacionarse con varias mujeres a la vez como muestra de “hombría”. El varón como seductor serial para revalidar su virilidad es una característica que debemos poder problematizar.

El punto es respetar los consensos realizados con la/s persona/s que elegimos para transitar un vínculo de cualquier índole (monogámica, poligámica, relación abierta, etc.).

5. Violencia sexual.

“El espacio es uno de los lugares donde se afirma y ejerce el poder, y sin duda en la forma más sutil, la de la violencia simbólica como violencia inadvertida” (“Las miserias del mundo”-Pierre Bourdieu)[1] .

La figura del “piropo” es el principio de la cadena de violencias ejercidas hacia la mujer que decantan en la violencia física o en el acoso callejero. Cabe destacar que con esta actitud creamos un clima de “inseguridad” permanente en el espacio público.

(CUALCA-PIROPOS https://www.youtube.com/watch?v=VWMyRAQcZv8)

6. El rol del varón en las relaciones sexuales igualitarias.

Cualquier relación sexual donde no haya consentimiento es abuso o violación sexual, acá no hay margen. Incluso pueden ocurrir en relaciones de pareja: no somos propietarios del cuerpo del otre (una obviedad que no se plasma en los comportamientos habituales).

Por otro lado, el placer de la mujer, históricamente está relegado al orgasmo masculino: aquí no hay mucha vuelta que darle. Es importante la comunicación para que el disfrute sea de ambes (ver nota: https://www.pagina12.com.ar/322966-tener-un-orgasmo-es-acabar).

7. Paternidad responsable.

Basta pararse una semana en la puerta de cualquier escuela o jardín para comprender que los roles en relación a les hijes no se reparten de forma equitativa.

Ni que hablar de la cantidad de padres que abandonan a sus hijes y menos aún que sean responsables en relación a la cuota alimentaria: aunque después levantan las banderas del “salvemos las dos vidas” (http://revistaanfibia.com/ensayo/padres-en-la-era-feminista/)

Acá, nuevamente, no hay margen: hay que hacerse cargo.

Estrategias rutinarias para reducir el miedo de la mujer.

  1. Si es de noche y en la parada del colectivo te encontras con una mujer: colocate delante de ella para que tenga control de la situación
  2. Si es de noche, estás caminando por la vereda y te cruzas con alguna mujer: cruzate de vereda o aléjate un poco y no la mires.
  3. Si es de noche y estás caminando detrás de una mujer: aminora el paso y déjala que se aleje de tus pasos o pasala por el costado para que tenga control de la situación.

Claro está que son sugerencias para reducir el miedo de la mujer, entiendo que por las violencias históricas de las cuales fueron y continúan siendo víctima, el temor a una violación o abuso sexual es permanente.

Es fundamental cuestionar nuestros privilegios y nuestras actitudes machistas (por acción u omisión) que suponen una superioridad por parte del varón cis, blanco, heterosexual y propietario por sobre la mujer cis y por todos los colectivos disidentes.

Desde muy pequeños nos van construyendo subjetividades en función de esta matriz ideológica (y muy política) que debemos desarraigar para acompañar el proceso de feminización de las relaciones sociales alentada y conducida por las mujeres.

En tiempos donde mueren cuerpos femeninos cada día en manos de varones machistas, deconstruirse no es una elección, es una responsabilidad.

 

*Se agradece la colaboración de Lorena Barros para que esta nota sea posible.

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2 comentarios en “Quizás no haya que deconstruir, quizás haya que destruirse. Rompiendo el pacto (Primera Parte)”

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