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¿Qué lugar le damos a la educación devenida en caos pandémico en las prácticas educativas?

Dice C. Skliar (2002) que (…) para hablar de cambios en la educación es necesario (…) abandonar la homo-didáctica para hetero-relacionarse. Y se pregunta: ¿Hay disponible sólo una única mirada? ¿Hay por lo tanto un cambio educativo que nos posibilita afirmar que se trata, esta vez, de otra cosa o que no es sólo una metáfora cansina de nuestra propia y egocéntrica mismidad?

El caos habitualmente se refiere a lo impredecible. Sin embargo, debido a variaciones lingüísticas, el significado de la palabra se desplazó a desorden. Utilizaremos, aquí, esta palabra que ilustra el desierto del orden mundial debido a un virus incierto o poco conocido aún.

Entonces, la incertidumbre alumbra las prácticas educativas y la desafía a encorsetar un encuentro virtual, en el mejor de los casos, y la soledad y aislamiento “resueltos” en un cuadernillo universal para cada pobre diablo que no accede al mundo tecnológico de la última generación.

El panorama actual pinta más oscuro y engorroso ya que las miradas y el encuentro entre cuerpos de les actores de la comunidad educativa se ve inhibido y acechado por un virus.

No todo es tan negativo. Para ser benévola, debo aclarar que les docentes han trabajado mucho y más con los dispositivos que acompañan en los ratos de ocio. Ya no existe el límite entre momentos de placer y trabajo. Somos más cyborgs que nunca y aceptamos las nuevas pautas de juego.

Pero el problema de base persiste. Tenemos una estructura que se ve forzada a acomodarse en el mundo de las nuevas tecnologías, que no pretende descomponerse para recomponerse. No se permite el atravesamiento del caos para reformularse y re pensarse como institución.

La institución colonial con aires europeos persiste y se enquista. Sigue reproduciendo y tejiendo normas y éticas extranjeras con absoluta normalidad.

No podemos escindir la educación de la historia y la cultura, por ello pensar en un “giro descolonizador”  como propuesta resulta un corolario necesario para procurar abrir paso a prácticas que brinden un entramado en la construcción de una subjetividad más consciente.

Se evidencia en la práctica educativa el “sentido común” que alimenta, nutre y naturaliza esta idea que concebimos del mundo y de nuestro ser en el mundo, como si fuera la única verdad.

Según Ingenieros (1956), «la mediocridad puede ser definida como una carencia de características personales que permitan distinguir al individuo en su sociedad. La misma provee a todos un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades. Reuniendo a cien hombres, su coincidencia radica en lo impersonal (…). La personalidad individual nos diferencia del resto; en muchas personas ese punto es simplemente imaginario».

La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen voz, sino eco. No hay líneas definidas  ni en su propia sombra, que es, apenas, una penumbra. (José Ingenieros, 1964)

El cambio no surgirá en los medios, sino entre les actores de la educación. El uso de dispositivos de las nuevas tecnologías sólo sirven como complemento y nada más. Son el facón del personaje de Borges, sediento de venganza. El escritor es claro en el relato: No hay orientación ni espejo que habilite un continuar alumbrado por un faro sudaca:

(…) Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre. (Borges, 1956)

Este es el lugar de la educación hoy: sin destino, habitada por la mismidad.

Reconocemos que el proceso de enseñanza es una intervención social. Por tanto, es un acto de amor: ético y político; una forma de situarse en el mundo, concebirlo y saber explicar el mundo, promoviendo la humanidad. El problema de los Derechos Humanos surge en la acción cotidiana. La clave es educar en derechos humanos como campo, para que nuestrxs estudiantes sean capaces de construir una conciencia colectiva que ponga fin a la era moderna que conduce al declive de la humanidad en el mundo.

Como docentes, somos responsables de contribuir (o no) al orden establecido y su arbitrario sentido común. Somos responsables de generar y transmitir sentido a la vida de les estudiantes. Deben sentir que lo que hacen tiene un horizonte y que supera la autoconservación. Debemos generar las condiciones para transformar los obstáculos en sueños. No se trata de dejar un mundo mejor para nuestres estudiantes. Se trata de dejar mejores personas para el mundo en el que vivimos.

Referencias:

Borges, J.L. 1956. Artificios. Emecé editores. Buenos Aires.

Ingenieros, J., 1964. El Hombre Mediocre. 1st ed. Buenos Aires. Elmer.

Skliar, C. 2002. ¿Y si el otro no estuviera ahí? Miño y Dávila editores SL. Buenos Aires

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