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Los ojos de otra chica

Estoy en plaza constitución en una ronda de mujeres esperando que del siguiente tren se bajen las demás para poder empezar a marchar. Leo en mi celular un mensaje que dice que se demoraron porque un tipo empezó a agredirlas en el vagón y se puso tan violento que tuvieron que bajarlo. Cuando llegan a nuestro encuentro nos abrazamos, y veo en los ojos de una, eso, enmarcado en brillos de glitter y rayones verdes en los cachetes. Veo eso.

Hace unos meses empecé unas clases de pintura en capital con un pintor. Eran en su casa y el primer ejercicio fue un pequeño autorretrato. A razón de tener que mirar constantemente mi rostro, puso el atril en el baño de su cuarto, el único lugar de la casa con un espejo. Empecé el proceso y mientras lo hacíamos íbamos conversando. Conscientemente dejé mis ojos para el final y se lo dije auto excusándome de que son, tal vez, lo mas difícil de hacer.

Él opinó reiteradas veces sobre mi cara, cubriendo los comentarios desde un lugar aparentemente técnico. Mientras pintaba y me miraba le confesé que lo que me costaba pintar de mis ojos no eran mis ojos en sí, sino la mirada. De tanto observarme en el espejo me había descubierto algo roto en las pupilas, una pérdida de brillo. Una opacidad muy emparentada a la tristeza. Más me veía, más me dolía. Él opinó muy poco, y lo poco estaba siempre vinculado a su apreciación sobre mis rasgos.

A los días me preguntó por mensaje si el siguiente trabajo de autorretrato no quería hacerlo desnuda. Ahí. En ese pequeño baño dentro de su cuarto. Le dije que no me sentía cómoda con la idea y que, además, apenas estaba pudiendo con mirarme la cara y que trabajar todo el resto ya era mucho. Me dijo que no había problema, que dibujarse con ropa estaba bueno también, que tampoco había que sobrevalorar el desnudo.

Fui a la siguiente clase. Quedamos en terminar el primer cuadro y probar unos croquis con distintos materiales de figura humana. Él posando para mí y yo para él, en posiciones cortas. Mientras pintaba noté que de pronto la habitación se oscureció como si afuera hubiese habido un eclipse y me asomé. Lo vi cerrando los postigones y la puerta. La pieza quedó a oscuras y hermética. Prendió un velador de escritorio muy tenue y me miró. Por dentro el estómago se me cerró en un nudo instantáneo y se me paralizó el resto del cuerpo. No se me ocurría ninguna feliz razón para cerrar todo el cuarto. Ninguna. Le pregunté con que material íbamos a trabajar y me respondió que tenia una bolsa llena de lápices y fibras, mientras se acercaba a su cama y la vaciaba en el medio del colchón. Le pregunté por que ponía los materiales ahí y me respondió que le parecía más cómodo recostarnos para las poses. Se sentó en la cabecera y yo a los pies pegada a la puerta. Me transpiraban tremendamente las manos y el estómago. Miré hacia la ventana y le pregunté por qué estaba todo cerrado, que me faltaba el aire. Me respondió que había cerrado para tener intimidad. Le pregunté por qué necesitaríamos intimidad para dibujar y me respondió, con una mirada perturbadoramente relajada, que su hermano estaba dando vueltas por ahí y podía vernos. Volví a preguntar que tendría eso de malo y me respondió con la pregunta “¿no íbamos a retratarnos desnudos?”.

Por dentro me recorrió la inmensa necesidad de gritarle. Por supuesto que ya habíamos hablado del tema y yo le había contado específicamente por qué no quería hacerlo, y por supuesto que él lo recordaba. Quise levantarme e irme pero me corrió por el cuerpo la sensación de que la puerta estaba con llave. Le respondí que no, que me sentía más cómoda con ropa y dijo que estaba bien. Por dentro pensé que podía quedarme y hacer dos dibujos y después agarrar el celular y fingir un audio, y decirle que había surgido algo y que tenía que irme. Lo dibujé primero a él. Después él a mí. Cuando le tocaba de nuevo, cambiamos de postura y se ubicó en un banquito que yo propuse, para poder salir de la cama. Antes de sentarse me preguntó “¿me saco el pantalón y eso?”. Volví a decirle que no, que con ropa estaba bien. Cuando terminé y me acerqué porque me tocaba a mi, me senté y miré la forma en la que me miraba, completamente ida. Se acercó y me levantó parte del vestido para que quede más corto. Le dije que si quería un cambio me pidiera que yo lo hacía. Tenía muchas ganas de vomitar y se me cerraba al mismo tiempo el pecho, una contracción entre el estómago y los pulmones que te empieza a marear y a dar la mala idea de que lo que sigue es un desmayo. Se volvió a parar y dando vuelta sobre su propio eje tocándose la barba y mirándome me preguntó “¿no te querés bajar el vestido hasta la cintura?”.

Con esta pregunta, contando la vez que ya me lo había consultado por mensaje, era la cuarta vez que le respondía que no, que no quería desnudarme frente suyo. Tenía miedo de decir que sí, tenia miedo de decir que no. Había algo en su manera de mirar muy seguro y sobre todo, le veía alegría en los ojos. Quizás por un momento enloquecí pero pensé que su gusto no estaba en verme desnuda, para nada. Su alegría residía en verme incómoda. Me senté en el banco, me desabroche la parte de arriba del vestido, la baje hasta la cintura y lo miré fijo preguntándole si así estaba bien la postura. Por dentro me crecía precipitadamente un monstruo. Desde el momento en que hice eso apenas pudo mirarme. Los ojos le cambiaron y fijó la vista en el dibujo y apenas la levantaba para verme. Mientras dibujaba, él mismo sacó el tema de que apoyaba mucho la lucha feminista pero que le parecía que en algunos casos no nos estábamos midiendo y estábamos ensuciando gente sin razón. Me contó de un amigo suyo, director de teatro a quien ahora habían vetado de todos lados por que lo habían escrachado injustamente en redes. Le pregunté cual era la razón del escrache. Me contó que le había hablado a algunas pibas de 18 años, por ahí, invitándolas de madrugada a su casa. Pero que ninguna había ido y no había pasado nada. Le pregunte con que intención un tipo de casi 40 años agrega chicas desconocidas apenas menores de edad y las invita a su casa a la madrugada, y me respondió “intenciones sexuales supongo, pero son mayores y de todos modos fueron charlas nada más, no pasó nada». En el momento sólo me podía imaginar una cosa, mientras veía sobre su escritorio el flyer de su taller, con su número y un dibujo de una mujer con el pañuelo verde. Me imaginaba prendiendo fuego su cuarto.

Cuando terminó el dibujo, agarré mis cosas, me subí el vestido y le dije que tenia que irme porque había bardo en Constitución y no podía llegar tarde a trabajar. En la puerta intentó darme un abrazo, que se lo corrí con una mano en el pecho. Me dijo que si fuera más regular sería una buena alumna.

Camino a la parada me bajó la presión y me transpiré todo el cuerpo de golpe. Volví para Plaza y mire los horarios de los trenes. Me acordé del viejo al que cuidaba el año anterior, del día que intentó tocarme y de su voz diciéndome que yo siempre hacía las cosas bien, como a él le gustaban, que era una chica correcta.

Cuando llegué a mi casa entré al baño y tras lavarme la cara unas cuantas veces, como intentando que el agua se convierta en ácido y me borre las cosas, levanté la vista y me volví a mirar. En el piso al lado del pie tenia apoyado el bastidor con mi retrato. La alumna chiquita a la que fui a darle clase en el medio, me dijo que estaba re bueno pero que había hecho los ojos de otra chica. Los ojos de otra chica. Los ojos de otra chica. Empecé a llorar y entendí algo mientras me miraba, algo que volví a entender ayer. Tengo en la mirada el color opaco y muerto de miedo de todas las otras chicas. Lo vi en los ojos de mi amiga Vito cuando llegó a Constitución, quien después también lloró. Las lágrimas nos los ponen brillosos de nuevo, pero es triste, y transitorio.

En la marcha del 9M avanzábamos con las manos en los hombros de la de adelante y el cielo se iba oscureciendo, como un eclipse. Los bombos marcaban el ritmo de un corazón latiendo fuerte y acelerado. Algunas bailaban desnudas como brujas en llamas, trepándose a los tachos, a los postes, a las esculturas y bancos. En los carteles se evocaban los nombres de todas las que perdimos y cada menos de media cuadra, en ronda y en efecto dominó, se lanzaba un alarido multitudinario que crecía con el efecto de una ola gigantesca.

Ya no somos buenas alumnas de lo aprendido.

No me equivoqué e hice los ojos de otra chica. Otros se equivocaron y ahora todas las chicas cargamos con la misma mirada.

Marchamos para que nunca más nuestra incomodidad sea su alegría, nuestro cuerpo su decisión, y nuestro miedo su objetivo.

Anímense ahora a mirar a una mujer a los ojos, quizás les intimide ver a todas al mismo tiempo.

Ilustración de Luciana Fernández

@laluciferr

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