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La afectividad en cuarentena

Ilustración de Lola Noguer. Ig:/lonoguer

Había pensado en escribir desde el principio, desde que empezó todo esto. En el instante en que supimos del monstruo etéreo que vino a interrumpir los lazos entre nuestros cuerpos, a intervenir sin permiso, sin previo aviso. Esa cosa invisible a los ojos que arrasa con todo abrazo que se le cruce por las superficies. Que elimina besos y criminaliza salivas. Que nos envuelve en una ficción mal narrada y nos desafía al desapego, siendo que la distancia es nuestra peor mejor amiga. Este virus es cruel porque es el virus del desamor: nos castiga separándonos.

El microscópico no conoce de fronteras, que los estados-nación históricamente alardearon defender, y hoy nos azota en un mundo interconectado. Que quien es de allá o quién es de acá ya no importa, pero sí revela quienes tienen las coronas bien puestas. Hay quienes las lucen esterilizadas y resplandecientes, atrincherándose en sus lujosas casas y aparecen sólo a través de videos de WhatsApp. Y hay quienes ponen el cuerpo en una arena movediza y cargan con la corona infecciosa procurando no enfermar, para garantizar que la plata esencial no falte en el precario hogar.

Había pensado en escribir desde el comienzo, pero tuve que meditar tanto como cuando debía decidir entre comprar un jabón o un paquete de fideos. Y justo ahí me estalló mi cabeza microclimática: pensé en les vecines que se hospedan debajo del techito que sobresale del almacén del barrio y juegan a las escondidas a plena luz del día, mientras esta cosa invisible nos abatata el cerebro a quienes podemos producir solución de agua y lavandina. Y después pensé en les viejes sin compañía: qué mal que la están pasando, pero qué bronca que estén en las calles. Las contradicciones superan las distancias y los guantes de látex no dudan en marcar el número buchón para denunciar un comportamiento individual que supone un riesgo colectivo.

El territorio es desconocido, más cuando se quiere escribir sobre lo que no se sabe. Virus, coronavirus, covid-19, enfermedad, monstruo, enemigo, cosa invisible, bacteria, microorganismo, representante de la pandemia que se multiplica a nivel global de manera inminente y deja  ver destellos punitivistas, éticas dudosas, planteos estructurales, filosóficos, cambios de paradigmas que nos dan un cimbronazo, a la vez que insistimos en rearmar una rutina que quedó suspendida en el aire. El piso ya no nos sostiene porque no se agotan las preguntas últimas; y de quiénes esperábamos una respuesta, solo tenemos, naturalmente, incertidumbre.

Por eso, se me había ocurrido escribir desde el inicio para crear mis propios muros de contención. O como catarsis. Tal vez las teclas podrían ayudarme a acortar los sótanos de preguntas que se me aparecen en los reiterados veinte segundos en que me lavo las manos: ¿en serio será solo a través de las pantallas el modo de vincularnos que tendremos en este infinito transitorio? ¿de verdad tenemos que reemplazar el contacto físico por las palabras? ¿y si no las tenemos? ¿cómo vamos a nombrar lo que antes simplemente dejábamos que pase por el cuerpo y hable por sí solo? ¿cómo sostener el distanciamiento social en que nos sometió esta bazofia invisible? ¿cómo se traduce el deseo de descansar sobre un pecho conocido cuando el insomnio te sorprende con la cama vacía? Así no hay emoji que aguante.

Pienso en escribir algo que tenga sentido mientras voy de la cama a un living improvisado sin un abrazo. Lxs más taciturnos empezamos a esbozar algunas palabras incongruentes que rebotan en las paredes. Esto es un manifiesto de la afectividad que envidia nuestros propios momentos pasados cuando tocarse no rozaba el delito y el chape casual estaba habilitado a nuevas lenguas. Los stickers de hoy romantizan los labios del pasado. Las marchas, los cantos, la multitud. El mate colectivo y la yerba sabor naranja. La birra que te llegaba luego de varias bocas y te vinculaba con historias ajenas. Emborracharte a carcajadas en el hombro de una amiga, de tu compañere. Agarrarte de las manos un buen rato hasta que la transpiración se haga presente y mi piel tenga memoria.

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