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Evita, feminista de hechos

El 11 de noviembre de 1951, en el Policlínico de Avellaneda, Eva Duarte de Perón, al mismo tiempo que más de tres millones de mujeres, votó por primera vez. Para Evita sería también la última porque nueve meses después, el 26 de julio de 1952, la enfermedad finalmente apagaría su voz. Alrededor de su nombre, de su voluntad avasallante y de sus obras, se erigiría una imagen cercana al misticismo. Para el pueblo humilde, para el trabajador y la trabajadora, había muerto a las 20.25 su Abanderada, la Jefa Espiritual de la Nación, la Compañera, la Dama de la Esperanza. Su funeral se extendió hasta el 11 de agosto, para que el pueblo pudiese despedirla.

Y los grasitas con el corazón rajado, rajado en serio. Huérfanos. Silencio

María Elena Walsh

 Como contrapartida, en una tierra desde el vamos dividida en dos bandos, la imagen de Santa de Evita gestó, en las clases duramente criticadas por ella, un rechazo visceral que se tradujo en epítetos que no solo la desestimaron por peronista sino también por ser mujer: serpiente, trepadora, mujerzuela, fierecilla indomable. Pero, como decía Perón, “hay odios que honran”.

Evita fue una persona pública con tensiones y complejidades, con un discurso muchas veces combativo, provocador. No fue una primera dama convencional, un adorno, una acompañante.

Conoció a Perón en el Luna Park, en un festival a beneficio de los damnificados por el terremoto en San Juan. Él era, en ese entonces, Coronel y estaba a cargo de la Secretaría de Trabajo; ella era actriz de radioteatro. Él tenía 48 años y ella, 24. La imagen de Evita fue creciendo junto a Perón, pero también sucedió a la inversa. Perón era el líder; Eva, “puente de amor entre Perón y los descamisados”. Perón decía sobre ella: “Cuando nuestros opositores critican la acción de la señora de Perón, yo solo me limito a decir: ¿y por qué de entre ellos no salen tres o cuatro mujeres que hagan lo mismo que Eva Perón? Porque ella empezó su acción social con tres bolsas de azúcar que le regalaron en Tucumán, y entre nuestros opositores hay mujeres cargadas de millones y millones de pesos, que podrían hacer con mucha más ventaja lo que ella comenzó haciendo con tres bolsas de azúcar. De manera que, si no lo hacen, es porque no quieren, o porque no pueden, o porque no son capaces”.

El sujeto político al que le hablaba Evita era el trabajador y la trabajadora, lxs humildes, y su función política quedó atada inmanentemente a la acción social, por ejemplo en la creación de la Fundación Eva Perón. De su discurso también se desprendía que la mujer tenía un rol fundamental dentro del hogar y de la familia. Es decir, que atribuía las “tareas de cuidado” a la mujer. No obstante, en La razón de mi vida (1951), menciona que dichas tareas debían recibir una remuneración mínima. Tenemos que tener en el hogar lo que salimos a buscar en la calle: nuestra pequeña independencia económica… que nos libere de llegar a ser pobres mujeres sin ningún horizonte, sin ningún derecho y sin ninguna esperanza! […] Porque en realidad con las mujeres debe suceder lo mismo que con los hombres, las familias y las naciones: mientras no son económicamente libres, nadie les asigna ningún derecho […]. Y un principio de solución pienso yo que será aquella pequeña independencia económica de la que he hablado. […] Pienso que habría que empezar por señalar para cada mujer que se casa una asignación mensual desde el día de su matrimonio. Un sueldo que pague a las madres toda la nación y que provenga de los ingresos de todos los que trabajan en el país, incluidas las mujeres. Nadie dirá que no es justo que paguemos un trabajo que, aunque no se vea, requiere cada día el esfuerzo de millones y millones de mujeres cuyo tiempo, cuya vida se gasta en esa monótona pero pesada tarea de limpiar la casa, cuidar la ropa, servir la mesa, criar los hijos, etc. Aquella asignación podría ser inicialmente la mitad del salario medio nacional y así la mujer ama de casa, señora del hogar tendría un ingreso propio ajeno a la voluntad del hombre. Luego podrían añadirse a ese sueldo básico los aumentos por cada hijo, mejoras en caso de viudez…”. El peso abrumador de las tareas de cuidado continúa recayendo en los hombros de la mujer, que muchas veces también trabaja fuera del hogar, y es hoy en día un tema fundamental de discusión dentro de la agenda de los feminismos. Una reparación se logra gracias al nuevo programa de ANSES que reconoce las tareas de cuidado como años de aporte jubilatorio.

Tanto su imagen santa como los epítetos de desprecio, alejaron un poco a Evita de su incuestionable función como dirigenta política.

Su lucha por el voto femenino alcanzó el éxito el 9 de septiembre de 1947, cuando finalmente el Congreso aprobó  la ley 13.010. La campaña incluyó cartas a los legisladores exigiéndoles que voten a favor; actores y actrices que propiciaron el debate; y miles de carteles que empapelaron bajo el lema “la mujer puede y debe votar”. Desde la radio, la voz de Evita incitaba a las mujeres a luchar por ese derecho:

“La mujer puede y debe votar, como una aspiración de los anhelos colectivos. Pero debe, ante todo, votar, como una exigencia de los anhelos personales de liberación, nunca tan oportunamente enunciados.”

“Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que asiste, atada e impotente, a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país, que es, en definitiva, el destino de su hogar”.

La mujer accedía finalmente a los mismos derechos políticos y obligaciones que los varones. Igualmente sucedía para aquellas mujeres extranjeras que fueran residentes del suelo argentino. La mujer se convertía así en ciudadana.

Asimismo, Eva fue la creadora en 1949 del Partido Peronista Femenino, que debía ser independiente del partido masculino y del sindical. Para federalizar el PPF, congregó a más de 3000 mujeres, entre delegadas y subdelegadas, quienes serían las encargadas de gestionar en cada provincia una Unidad Básica Femenina, deberían empadronar, entregar la libreta cívica y capacitarlas para su nueva e indiscutible función. Según el Instituto Patria, “la mayoría de las investigaciones que reúnen el testimonio de las censistas coinciden en que las dos dificultades con las que se topaban en el territorio fueron el temor de parte de las mujeres a incorporarse  a la actividad política, a la que consideraban un asunto ajeno a su destino, y la oposición de los padres y de los maridos a que se ocuparan de estas tareas”.

Finalmente, aunque Evita no pudo verlo, la apertura de sesiones legislativas de 1952 en el Congreso y diferentes legislaturas provinciales reunió a más de 100 legisladoras que provenían en su totalidad del partido que Evita había creado.

Dejar de lado esta arista política fundamental de la figura de Evita, la resume en su tarea de asistencia social, como la mujer de Perón, la que lo admiró y acompañó en vida como primera dama. En 1951, la renuncia a la candidatura a la Vicepresidencia por el estado avanzado de su enfermedad no permitió que conociéramos qué habría pasado si Evita llegaba a un rol fundamental para la toma de decisiones del Estado. Sin embargo, sin haber accedido a un lugar en las altas esferas del poder, Evita fue una mandataria, líder, la conductora que trabajó siempre para los demás, que supo que lo único que construye es el amor.

Un tiempo después, luego del golpe de Estado de 1955, la desperonización del país que llevó a cabo la dictadura de Aramburu prohibió mencionar a Juan Domingo Perón y a Evita  mediante el decreto 4161. El Partido Peronista Femenino dejó de existir y la participación de las mujeres no se recuperó hasta la Ley de Cupo (Ley 24.012), sancionada el 6 de noviembre de 1991.

Lo único que te pido, Juan, es que no me olviden”, dice el personaje de la novela Santa Evita de Tomás Eloy Martinez. Ficción o no, el nombre de Evita se transformó en un símbolo que trascendió el tiempo. Pese al silencio impuesto, a la persecución y a la muerte, no la olvida el pueblo. No la olvidan las mujeres del pueblo. Su feminismo no fue de academia, no fue de palabras, fue de hechos. El “feminismo” de Evita no podía ser ajeno a la justicia social. “Donde hay una necesidad nace un derecho” dijo. Y esas necesidades deben organizar las prioridades del Estado por encima de cualquier ambición personal.

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