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Borders somos todxs

Era octubre de 2015 y Eli tenía 17 años. Cursaba el último año de secundario cuando su abuela falleció después de 34 días de internación con una ya avanzada metástasis. Además, se había separado de uno de sus primeros novios e incursionaba en la obsesión por pertenecer al club de los cuerpos flacos. Una serie de eventos desafortunados y pum: se manifestaron los primeros síntomas de lo que luego se diagnosticaría como borderline o trastorno límite de la personalidad (TLP), condición con la que lleva viviendo más de cinco años. Hoy, en el contexto del aislamiento social, preventivo y obligatorio donde la salud mental cobra mayor visibilidad y la angustia protagoniza preguntas de la prensa, Eli se encuentra con el desafío de encontrar nuevas estrategias para convivir con ello y destaca la importancia de ponerle un nombre a ese conjunto de síntomas.

Ese año fue una trompada en el estómago. Una noche de primavera la madre me llamó al teléfono de línea y me dijo que la abuela “ya se había ido”. Se lo conté a Eli mientras se retorcía con todo el cuerpo hacia el piso, como cuando era una bebé y hacía un berrinche. Pensé que se estaba exorcizando de algún mal y que un espíritu maligno iba a salir enfurecido de su pecho. Su cuerpo se desarmaba por partes y quedaba fragmentado con una flexibilidad de gimnasia artística, acompañada por los mejores agudos de fondo.

Para ese entonces la abuela había cumplido 80 años hacía poco más de un mes. Su imagen de dibujito animado la validaba en su rol: pelo corto canoso, siempre pasado por una permanente que adornaba la cara regordeta de tez pálida. Los ojos verde claro anticipaban un pensamiento profundo. 1, 50 y pico de estatura, el poncho en invierno y el mate a todos lados siempre. Ella decidía cuándo nos juntábamos a almorzar, establecía cuáles eran los valores sociales más importantes y se sentaba en la cabecera de la mesa como Mirtha Legrand. Era la anfitriona de la familia, por lo que todxs sentimos el dolor de su partida como un cimbronazo, para otrxs fue un antes y un después. 

“Me sentí abandonada”, reconoce Eli. Ella sabía muy bien que ese iba a ser un momento crucial en su vida, como un hito de identidad que construía su historia. “Me había dejado mi abuela, me había dejado mi novio. Básicamente, no quedaba nadie que no pudiera dejarme”, dice Eli con la gracia de un monólogo de stand up. Hacía poco tiempo que había terminado una relación en la que ni siquiera había tanto afecto, pero eso la hacía pensar que algo en ella estaba mal. Al mismo tiempo, empezaba a mirar a través de una lupa de distorsión su propio tejido adiposo: “veía a mis compañeras con ropa que pensaba que yo no podía usar porque me iba a quedar mal. Ese era el año del viaje de egresados y no usábamos tanto el uniforme del colegio. Además, una amiga estaba adelgazando mucho y me planteé hacerlo yo”, cuenta Eli en la privacidad de su habitación, donde las paredes aún sostienen a los Jonas Brothers en todo su esplendor.

“La primera vez que me lastimé lo hice medio obligada por mí misma porque eso creía que era lo que hacía la gente cuando estaba triste. Después no pude volver para atrás. Tenía muchas angustias contenidas con lo de mi cuerpo, la muerte de la abuela, me había dejado un novio, estaba conociendo a alguien que salía con otra persona y eso me hacía sentir mal conmigo misma”, expresa Eli.

Entonces googleo. Según la revista Intersecciones, el portal de la carrera de psicología de la Universidad de Buenos Aires, “el TLP se caracteriza por muchas dificultades, entre ellas, los problemas intensos y persistentes en la autoimagen, la afectividad y las relaciones interpersonales, caracterizadas por la alternancia entre devaluación e idealización. Dichos problemas suelen potenciar otras dificultades como comportamientos impulsivos, intentos o amenazas suicidas recurrentes, temor a la soledad, alteraciones de identidad y sensación de vacío. Todos estos factores están interrelacionados y se retroalimentan entre sí (Mosquera, 2010).”

Y ahí recuerdo: estaba en mi antigua habitación cuando madre me llamó, esta vez al celular, para darme el diagnóstico de mi hermana menor, que estaba sentada en silencio en el cuarto contiguo. No entendí bien, pero sabía que Eli estaba en peligro. Entré en ese templo adolescente, donde las diferentes Miley Cyrus me miraban con recelo y la presencia del saxofón sobresalía con su eco amenazante. Sé que le hablé, seguramente, con palabras inútiles que quedaron suspendidas en el tiempo de los años pasados que no sé si fueron mejores. El trastorno límite de la personalidad ya era una realidad para nosotras, aunque no supiéramos del todo con qué estábamos lidiando. 

“Mi gran problema era que yo no decía lo que sentía y me descargaba lastimándome o con ataques de pánico. Me peleé con mi novio y no le pude decir nada. Volví a casa, lloré. Me lastimaba y no sentía el dolor. En ese momento dije: si no lo puedo tener en mi vida, por lo menos lo voy a tener en mi piel”, recuerda Eli. Las paredes amarillas que todavía hoy sostienen los vetustos posters fueron testigo y cómplices de los ataques de pánico, los cortes en los antebrazos que pretendían arrancar la piel para no quemarse por dentro, de las escenas de angustias rebeldes que aparecían como un vaivén de emociones para no aburrir. “En una época sentía que las voces que escuchaba eran de alguien más. Una vez estaba en la casa sola y empecé a gritarle a la nada para que se callara”, recuerda Eli.

La importancia de nombrar lo que existe

Las angustias de alguien que no quiere llorar para que no devenga en más angustia se entrelazan entre sí y piden algún tipo de catarsis. Miedo a querer a alguien, cruzar la calle sin mirar si viene un auto, bronca porque no te quieren. Nada de esto se parece a un prospecto o receta médica tradicional. No son síntomas fácilmente reconocibles, como un resfriado. O como la enfermedad del momento, a la que le seguimos los pasos cual chisme en el mundo del espectáculo, sin perdernos ni una pista.

En la vieja normalidad, donde el movimiento lo era todo (las personas íbamos de acá para allá, cruzando los límites de la capital como quien cruza un charco de agua, la productividad marcaba el ritmo de nuestros días y los “tiempos muertos” estaban impregnados de nuevas tareas y cafés al pasar) la introspección no era cosa cotidiana, precisamente. “Para las personas con TLP, el hecho de hacer muchas cosas, se traduce en que no estás pensando todo el día en vos. Ahora, como estoy más tiempo en mi casa, me cuesta desviar la atención de mí misma. Además, cuando me siento mal, tengo más acceso a buscar una salida que me lastime”, relata Eli. “Allá lejos hay una voz que te dice: podés hacerlo cuando quieras”.

Sin embargo, el hecho de contar con un diagnóstico y tratamiento cobra una gran importancia para sostenerse a sí misma y, sobre todo, afrontar el contexto de aislamiento. “Poder identificar lo que me está pasando y ponerle un nombre me ayudó un montón para controlar esos episodios”, relata Eli. “Estando en cuarentena me volvió el pensamiento de querer lastimarme, después de muchos años”.

En el contexto de aislamiento social, preventivo y obligatorio, muchxs psiquiatras y diferentes profesionales de la salud mental fueron desfilando por los medios de comunicación, acudidos para darnos una respuesta urgente acerca de cómo paliar este malestar del confinamiento mental. De hecho, la angustia fue nombrada por primera vez en una conferencia de prensa en una de las preguntas que se le hizo al presidente. ¿Será que recién en las situaciones límites damos cuenta de la salud en forma integral? ¿Que, como tanto citamos a la OMS, la salud no se trata solamente de ausencia de enfermedad, ni se restringe a un bienestar físico? Irónico pensar que el límite no es solo de lxs borders.

Eli ahora tiene 22 años y el pelo de un rubio prácticamente blanco que brilla a través de la pantalla del celular. Habla desde la cama, mientras va alternando entre acostarse sobre la almohada y sostener su propia columna vertebral, como quien acostumbra a malabarear con situaciones complejas varias. Desde adentro de su habitación, ese templo aún lleno de adolescencia, expresa una mirada de entendimiento y sonríe: sabe que se le presentan nuevos desafíos por delante, pero le puede poner palabras y compartirlo. Sabe que el resto del mundo también está en crisis. Tal vez sea ahora, cuando el resto del mundo pueda entenderla un poco mejor a ella, porque quién te dice, borders somos todxs.

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